La Coctelera

Categoría: Corazón

Ceguera

Moments / Two

La ceguera de tus manos volvía muda mi mirada.

El camino se teñía de amarillo espeso y el silencio buscaba algún espejo en donde poderse ver.

Sonaban lejanas campanas que opacaban los pocos trinos de mi corazón.

Trajiste la sequía, la duda y la mentira, y en un segundo eterno que volvió más elástica la vida tu miedo levantó vuelo y rugió en el cielo partiendo mi última sonrisa en dos.

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Tregua

Changes

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Quería adivinarte en cada estrella de ese cielo azabache que asomaba triunfando en el borde azul de mi ventana.

No veía tu sonrisa; rebotaban tus ojos negros, abierta la mirada, en mi horizonte simple que crecía sin complejos, con espuma, paralelo al mar.

Salitre profundo, oxidado, traía vida olvidada que olía a sal.

Le hubiera dicho al viento que la distancia no era eterna, que tú tenías letras y caricias, besos y preguntas y un latido acelerado que disimulabas en tu voz.

El viento no me oía, soplaba incansable borrando errores e inundando la noche con su nueva claridad.

Yo lo quería todo, el silencio, la tregua, la fiesta y el amor.

Le daba cuerda al mejor de todos mis sueños y mientras, llegaron tus manos de agua sin aviso ni pregón.

Trajiste la gota, el aire, el respiro y a la hora señalada me gustó más que nunca el breve color del sol.

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9:59

Autumn09_2

*/ autumn ©fdL

Llena de nueves, arrasa la luna al borde del mar.Arrodillada, rendida, entregada, me muestra su paraíso blanco en donde mi corazón flota y respira mejor.

Se desdobla la vida , anclada en el instante perfecto, y gira lento hasta tu eterna diagonal. No sé si ríes, no sé si lloras, tu firme voluntad te cerca el alma y blinda todos los besos que no has dejado partir.

Ha cambiado el viento y mis velas infladas sonríen tercas, preciosas, rebeldes. No haces falta tú, la luna sola me ha hecho un festín.

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Puntillas

Kissing

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Ando en puntillas, mirándote la vida desde este sereno lado de la luna que un día nos cobijó a los dos.Tengo este instante azul para elevarme sin prisa y buscar un beso grande y sonoro que tapice sin decoro toda la piel de tu corazón. Voy a enviarlo a ciegas, con el regreso prohibido, hasta ese presente esquivo y centinela de todos tus abrazos y enigmas sin resolver.

Retumba un murmullo seco, no tiene siquiera una gota de mar. Repite algunas letras en un eco corto, incoloro; lo invade la certeza de haberse cansado de esperar. Quédate con mi beso viajero, yo me quedo entre paréntesis, en este pentagrama mudo, en este cementerio de letras bendecido un instante por tu estrella fugaz.

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Azahares

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Vino de muy lejos, sin brújula ni bitácora, desde esa distancia dulce que recorre el corazón en un dos por tres.
Trajo azahares, secretos grandes y un cairel limpio de cristal.
No hallaba el lugar en donde acomodarlo todo. La lluvia se lo había dicho al oído, no esperes mucho que puede haber otro en tu lugar.
Pero a pesar de los años, los días y los minutos, no había reloj, ni luna ni mar que no fueran cómplices del regreso y no hubieran puesto el viento para que soplara a su favor.
Vino de muy lejos, con los ojos cerrados y la piel intacta y las manos colmadas de sedas y caricias.
Dejó sus tesoros, su voz y su coraje. Acomodó su mirada y vestido de silencio volvió a dar sin miedo el primer paso otra vez.
Nunca se supo si fue magia o destino, pero se abrió la puerta y entró la luz, llenando por fin la vida de los dos.


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Lluvia

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Ella recordaba mejor cuando la acompañaba el canto de los grillos, entonces cerraba suavemente los párpados, soltaba los nudillos de las manos y se dejaba llevar.

Había vivido al borde del mar, vecina de una montaña sembrada de pinos y en el cemento de la gran ciudad, en tres vidas diferentes a la de hoy, siempre con su silla de ver llover.

La vida iba y venía llena de sorpresas, sueños cansados y risas por estrenar.

La lluvia le salpicaba el alma y le ponía música a cada latido de su corazón.

Podía volverse oscura la tarde, o más negra la noche, pero nada importaba cuando adivinaba como las gotas que caían del cielo formaban un leve sendero en donde no hacían falta alas para poder volar. No había caminos difíciles o inconclusos, todos la llevaban a él.

Nunca supo quién había dispuesto que su destino fuera esquivo y caprichoso mientras su alma era generosa y amable. La vida con mayúsculas la había separado del único hombre que la amaba sin pensar, la besaba sin preguntar y la esperaba sin desfallecer.

Había un instante en que las ilusiones parecían perder fuerzas, ella siempre se decía que era culpa de ese río ancho y leonado que crecía incansable cuando se llenaba de lluvia y se llevaba, a la hora menos pensada, todo su poder.

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Fugaz

Today

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Aurorita Sosa volvía al rancho sin haber atrapado ni una sola estrella.

Había esperado inquieta, al borde del arroyo, que la luna nueva le mostrara el camino de la Cruz del Sur.

Sabía de memoria en qué parte del cielo vivían titilando las cinco hijas de la constelación.

Cuando quería apoderarse de la noche abría sus ojazos negros y se acostaba en la tierra con los brazos abiertos para dibujar garabatos con el corazón y esperar, cantando bajito, que cayera una estrella fugaz.

Se hizo tarde y cansadas fueron entrando las nubes, una tras otra, hasta que el cielo quedó perdido en la inmensidad.

Hacía dos inviernos la sudestada le había arrancado a su único amor, el hombre que fue su otra mitad mientras el sol de las cuatro estaciones brillaba sin prisa en los campos de trigo y girasol.

El siempre le repetía que si algún día se iba, volvería de noche a lomo de una estrella.

Ella, con la sabiduría de quien reconoce el canto de un ruiseñor, supo que se había quedado dormido queriendo arar todas las nubes para abrir de a poco el cielo y poder verla sonreír.

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Tajo

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María José Cruces no tenía nombre de puta, pero era la ramera que más tráfico paraba en la calle de mala muerte en donde con creces había pagado su derecho de piso.

Al revés que todas las demás no recordaba tener madre, y cuando desaparecía el alcohol de sus venas la memoria le mostraba un viejo ajado al que por vergüenza había dejado de ver cuando perdió la cuenta de los hombres que entraban y salían del cuartucho en donde casi no se podía respirar.

Su mirada cínica no pasaba desapercibida por nadie, y era un imán que centellaba en sus pupilas cuando se acercaba descarada a cerrar un trato después de otro apoyando los codos en la ventana del auto que le traía un cliente más.

El sexo feo, frío y automático como un reloj digital, le inundaba la vida, le llenaba los bolsillos y le vaciaba el alma sin parar.

No recordaba tener corazón, solo creía reconocer un juguete de curvas rojas al que le daba cuerda con la papeleta que le daba el jíbaro después del trueque habitual.

Quiso escapar de la muerte cuando la vio venir disfrazada de metal en medio de la noche sucia de riña, lluvia y barro. Tenía las piernas líquidas y  en su mirada flotaba  la tristeza como un pálido farol, al sentir la puñalada que le quitaba a la fuerza la vida se tocó el pecho, atónita,  con una sonrisa inventada.

Después de todo, pensó al ver la sangre que salía enfurecida, aquí está mi corazón.

©fdL2010